Para empezar he de decir que les debo una foto, pero a veces las historias se entrelazan días, meses, años luz después. Lo que quiero relatar es que hace unos días pasaba por la Fuente de la Maternidad, la que muchos conocen como la Fuente de la ex-embajada (gringa) o la Fuente del Pete´s (para los más viejos).
Esa fuente en especial siempre me ha gustado, por sus cabezas de jirafas, por sus hoyos entrelazados, por el espacio infinito que ocupa, porque ahora continúa con agua y en ella no sólo se bañan mis pájaros sino también los indigentes grandes y pequeños de la zona. Pues sucede que paso siempre por esa fuente y me siente melancólica, de una época que no recuerdo, que no es precisamente de las sentadas estudiantiles ni de las maquinitas de pac-man en la fuente de soda.
Zona de mis amores, los distritos 1 y 2 de San Salvador, zona de dolores de tantos y hasta propios, de pequeñas persecusiones políticas y amorosas, prefiero aún las primeras con sus charcos invernales y declaraciones poéticas en papelitos tamaño carta de papel bond que después decomisara el polizonte escolar degenerado que también estaba enamorado de las doncellas perseguidas.
Allí, frente a esa fuente que sigue lavando heridas, murió un muchacho hace años, no sabría decir exactamente cuántos. El muchacho era marxista leninista y un hermoso ser humano, que enseñaba marxismo leninismo a las muchachas y muchachos que querían y no querían en las aulas del edificio destruido de Filosofía de la Universidad de El Salvador. Y ese muchacho marxista leninista y hermoso ser humano, con todo su marxismo leninismo tomó las armas y los explosivos y quiso vencer el muro del poder de la embajada más odiada y amada en El Salvador en un año que ya dije que no recuerdo y allí murió desangrado una tarde porque no se si sus compañeros lo recogieron después que lo hirieron, porque no se si él supo que iba a tener un hijo, de una de las muchachas a las que enseñó marxismo leninismo en las aulas destruidas por el ejército de la Facultad de Filosofía de la Universidad de El Salvador y que ese niño ahora lo conozco yo, que lo conocí desde muy pequeño y que también conocí a su madre, la muchacha que no quería leer marxismo leninismo, pero se enamoró de su profesor.
Esa fuente en especial siempre me ha gustado, por sus cabezas de jirafas, por sus hoyos entrelazados, por el espacio infinito que ocupa, porque ahora continúa con agua y en ella no sólo se bañan mis pájaros sino también los indigentes grandes y pequeños de la zona. Pues sucede que paso siempre por esa fuente y me siente melancólica, de una época que no recuerdo, que no es precisamente de las sentadas estudiantiles ni de las maquinitas de pac-man en la fuente de soda.
Zona de mis amores, los distritos 1 y 2 de San Salvador, zona de dolores de tantos y hasta propios, de pequeñas persecusiones políticas y amorosas, prefiero aún las primeras con sus charcos invernales y declaraciones poéticas en papelitos tamaño carta de papel bond que después decomisara el polizonte escolar degenerado que también estaba enamorado de las doncellas perseguidas.
Allí, frente a esa fuente que sigue lavando heridas, murió un muchacho hace años, no sabría decir exactamente cuántos. El muchacho era marxista leninista y un hermoso ser humano, que enseñaba marxismo leninismo a las muchachas y muchachos que querían y no querían en las aulas del edificio destruido de Filosofía de la Universidad de El Salvador. Y ese muchacho marxista leninista y hermoso ser humano, con todo su marxismo leninismo tomó las armas y los explosivos y quiso vencer el muro del poder de la embajada más odiada y amada en El Salvador en un año que ya dije que no recuerdo y allí murió desangrado una tarde porque no se si sus compañeros lo recogieron después que lo hirieron, porque no se si él supo que iba a tener un hijo, de una de las muchachas a las que enseñó marxismo leninismo en las aulas destruidas por el ejército de la Facultad de Filosofía de la Universidad de El Salvador y que ese niño ahora lo conozco yo, que lo conocí desde muy pequeño y que también conocí a su madre, la muchacha que no quería leer marxismo leninismo, pero se enamoró de su profesor.




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